lunes 12 de enero de 2009

Nieve socializadora


¿Qué es lo mejor de que la semana pasada haya caido tanta nieve en Madrid? La alegría de la gente jugando con ella.

Unos padres decidieron tomarse el día para hacer muñecos de hielo con sus hijos, camareros con manga corta y corbatín que trabajan en el bar de abajo salieron a tomarse una foto en la redoma blanquecina. Unas manzanas más arriba, en los colegios, hubo batallas campales de copos y los niños más pequeños arrastraban los pies para sentir cómo crujía el suelo. Todos igual de contentos, grandes o jóvenes, todos igual de vulnerables a una caída, a un resbalón. No me molestaría que nevara de nuevo.





lunes 1 de diciembre de 2008

El frío en copos

Fue una función corta: 10 minutos a lo sumo. En lo más arriba de lo más arriba, empezaron a sacudir el algodón sobrante. Luego, vino el bombardeo. Después, se quedó el suelo temporalmente blanco. A la media hora, salió el sol.
¿Cuántas nevadas habrá de acá hasta la primavera?

viernes 14 de noviembre de 2008

El origen del frío

Hasta que entendí que el frío es mi huésped. Una especie de alien que no paga alquiler. Y por eso me he convertido a la vez en la Sarah Connor que tirita y en el Terminator que la hostiga; que si es extraño el otoño.
Se cansan de decirme que el truco para erradicar los temblores, los espasmos y la danza tecno producida por las bajas temperaturas consiste en usar varias capas de ropa y una bufanda del precio que yo prefiera. Y yo también estoy hasta los mismísimos de explicarles que no funciona. Pero desde ayer tengo los argumentos para refutar la monserga. Simple. Científico. Las corrientes de aire salen de ocho puntos distintos de mi cuerpo, recorren los tejidos como lo hace un aire acondicionado central de los caros y revolotean todo el día. Como buenas ráfagas comentan, ensayan silbidos pavorosos, se ríen del tejido de punto, roncan. En fin, me convertiré en una versión de cazavampiros que busca venganza. No hay ajos en casa, así que sacaré la manta térmica.

Si le ha pasado a ud lo mismo este otoño-invierno, comente.

martes 30 de septiembre de 2008

¿Dónde están los insectos?

Era entre molesto y divertido que nos dieran las 6 de la tarde sobre la bicicleta. La tropa tenía un obstáculo para seguir su marcha. El crepúsculo empezaba a apagarse, pero eso no implicaba dificultad: ninguno tenía miopía demostrada y habíamos pasado tantos años pedaleando que nuestra memoria nos daba una claridad para sortear el camino que ya habrían soñado dar unos faros antiniebla. Se trataba de la temible brigada de choque de insectos voladores. Invisibles a la hora de espantarlos y detectables sólo en medio de la picadura (o mordedura) de "los bichos esos".
Algunos de nosotros pensamos, secretamente, que ese encuentro se podía evitar si bajábamos la ingesta diaria de Zucaritas (dos paqueticos por tarde) y no salíamos a airear en la bici nuestra sangre amelcochada para provocarlos. Razonamiento que perdía toda legitimidiad frente al primer tubito de ovomaltina que se atravesaba. Hoy sabemos que los puri puri hacen los que les viene en gana y también pican a la gente con gota, a los viejos, a los gordos, a los recién nacidos, a los malasangre. A todo el mundo. Por suerte, no abandonamos los dulces ni dejamos de andar en dos ruedas. Eso hasta que todo el mundo eligió su camino e hizo su vida.
Recuerdo esto luego de mis primeros recorridos en bicicleta en Madrid, al borde de la M-40. Si lo hago de noche, el perfume de las plantitas de anís es penetrante, si es de día, el ir y venir de la autopista es lo más llamativo. Ningún bicho ha venido a emboscarme en mis sprint. Cuando bajo la velocidad, miro al suelo (sí, no lo hagan en casa niños si quieren evitar un encuentro entre el cemento y sus dientes) y no veo rastros de hormigas en la ciclovía. Tampoco hay señales de cucarachas o roedores. Sólo se oye a unos grillos que, dedicados a hacer ruido al mismo tiempo, asemejan una sala de redacción de diario de los 80 en pleno tecleo de las Remington.
Muchas dudas capitales afloran viviendo en el extranjero y ésta es una: ¿Aquí, dónde están los insectos?

domingo 7 de septiembre de 2008

10 razones para ahorrarse 6,90 euros

Tópico: Steven Soderbergh y su película Che, El argentino. Por qué pasar de ella y ahorrarse el tiquete del cine.

1. Soderbergh fue secuestrado por un clón inexperto, poco apegado a la historia, descuidado y aburrido de sí mismo. ¿De verdad rodó Traffic?
2. Benicio del Toro se enreda con la estructura ineficaz de la película y su incapacidad de imitar algún acento, cubano o argentino, le provoca sucesivos ataques de asma. Ja!
3. Demian Bichir reinventa a Fidel Castro y lo vuelve chileno. Te pasarás toda la película esperando que diga ¿Cachai? o baile el Pachi Pachi.
4. Hay un soldado que dice ser de la población de Remedio, Villa Clara, pero tiene la entonación de los predicadores de la iglesia Dios es amor. Sí, los que invaden la radio AM en la madrugada.
5. Las escenas de combate de G.I. Joe son más convincentes.
6. Una obra de teatro escolar tiene mejores actuaciones.
7. Si buscas escenas de amor, sexo o humor, te sale mejor quedarte a ver Cine Millonario.
8. Wall-E, Kung Fu Panda, Pocoyó, hasta el Pilder de Mazinger Z, tienen más alma que este filme.
9. Si vas a verla, tu vecino de butaca te roncará en la oreja e intentará usarte como almohada. ¡Mosca!
10. No vas a recordar la banda sonora. ni ninguna frase memorable. Mala señal.

miércoles 3 de septiembre de 2008

El Norte de Madrid

Tengo un sentido terrible de la orientación. Un defecto que en Caracas se notaba menos. Estaba el Ávila que todo lo solucionaba: desde el tema de la contemplación, la subida de ánimo y el estímulo atlético hasta lo meramente cardinal. Bastaba mirar al azar y en ese ejercicio se colaba o no la montaña.
Fuera de los dominios de un mapa, acá me es difícil decir, sin brújula y largavista, hacia dónde queda el Norte. No lo digo en un sentido existencialista y con un pitillo de sierritas en la mano. No. Hablo de geografía.
Sólo hace unos días, trotando y con la contaminación del cielo en niveles bajos, vislumbré las montañas, la sierra, detrás del futuro estadio Olímpico. Fue como ver unos pequeños ávilas que pueden pegarse en la nevera o que vienen para armar.
Y eché de menos mi ciudad y la cordillera, todo lo que me hace ver orientado. La extrañé mucho (¿dónde puse los pitillos?).

Sólo falta el ruiseñor

¿Cómo supe que el verano estaba cediendo? Simple.
No fue porque la sopa de niños de la piscina dejó de ser tan espesa; los padres tienen una mueca de felicidad porque podrán depositarlos en el colegio (léase cole) y no lidiar con ellos todo el día.
Tampoco me enteré por los boletines de la operación retorno.
Se presentó una evidencia más sublime. En la jardinera del edificio, una rosa roja se alzó solitaria y pretensiosa en un contexto vacío de flores: hace cinco días pasó de botón a ser desplegable.
A 40 grados era una osadía ese gesto, hoy es un anuncio de que el otoño se avecina.